“Pocas personas
se percataron de la entrada que apareció en el blog corporativo de Google el 4
de diciembre de 2009. No buscaba llamar la atención; ni pronunciamientos
llamativos, ni anuncios impactantes de Silicon Valley, tan solo unos párrafos
de texto entre un resumen de los principales términos de búsqueda y una
actualización relativa al software financiero de Google.
Pero no todo el
mundo lo pasó por alto. Danny Sullivan, editor del blog tecnológico Search
Engine Land […] escribió que se trataba del “mayor cambio que se había
producido en los buscadores”. Para Danny, el título lo decía todo: “Búsquedas
personalizadas para todos”. A partir de esa
mañana, Google utilizaría 57 indicadores – desde el lugar en el que te hubieras
conectado o el navegador que estuvieras
utilizando hasta lo que hubieras buscado antes – para conjeturar quién eres y
qué clase de páginas te gustan. Incluso si no habías iniciado ninguna sesión,
personalizaría sus resultados, mostrándote las páginas en las cuales, según
predecía, harías clic con más probabilidad”.
Páginas 11, 12 de
El Filtro Burbuja de Eli Pariser (2017)
Primeras líneas
de unos de los libros que ya he mencionado en alguna ocasión y que se trajo al
foro de clase para abrirnos los ojos sobre cómo está evolucionando el mundo
digital y cómo estos cambios están afectado, de algún modo, a nuestras vidas y a
la sociedad en la que vivimos. A continuación, os presento una charla del mismo
autor en TEDtalks donde resume brevemente lo que fue uno de sus mayores descubrimientos.
La burbuja de filtros es lo que crece detrás
de esa personalización tan perseguida por los gigantes de Internet como Google,
Facebook, Amazon o Netflix; así como por
muchas Apps que utilizamos y cualquier portal de noticias actualmente. Lejos
queda el anonimato del mundo digital en 1998 que describía la famosa viñeta del
New Yorker. Ahora Internet “es una herramienta para recopilar y analizar
nuestros datos personales” (2017:15).
¿Cómo se recopila nuestra información?
Estas empresas, sobre todo páginas web de compra-venta,
redes sociales y aplicaciones, invierten mucho dinero en crear bases de datos
con información personal de cada uno de sus clientes para usarla con fines
publicitarios y/o económicos. Guardan principalmente tu localización, idioma, número
de teléfono, correo electrónico y todos los datos relacionados con nuestros
movimientos en Internet – historial de búsquedas y de visitas – los cuales se
recopilan gracias a las “cookies”, una especie de microprogramas que se
descargan automáticamente cuando nos ponemos a navegar en una página web1.
La cuestión es que no nos queda más remedio que aceptar su descarga para seguir
consultando contenido por la página si éste nos interesa realmente.
Es ahí donde
encontramos el origen de la inmensa cantidad de publicidad que nos bombardea
cuando buscamos un vuelo, miramos un hotel o queremos comprar cualquier producto.
Te sales de la página de una aerolínea y podrás estar varios días observando
anuncios de agencias, estancias en país de destino, actividades para realizar,
etc. en cualquier sitio que visites posteriormente. ¡Incluso puede que haya subido
el precio del trayecto si vuelves a consultarlo un par de horas después! Esto
es lo que llamamos anuncios personalizados o selectivos y está revolucionando
el mundo de la publicidad.
La verdad es
que, teniendo todo esto en cuenta, no me sorprendió cuando este verano saltó la
noticia de que Google
escucha el 0,2% de las conversaciones de sus usuarios con Google Assitant
para mejorar, a priori, el funcionamiento de este asistente virtual. Pese a que
a los trabajadores firman un contrato de confidencialidad para transcribir solo
lo que se le pide a Google Assistant, algunos de ellos han asegurado que a
veces los micrófonos saltan sin más y oyen lo que los usuarios hablan sin ser verdaderamente
conscientes de que son escuchados. Técnicamente es
legal pues aparece en los términos y
condiciones que aceptamos antes de usar
la herramienta. Por ello, se aconseja configurar nuestra cuenta antes de
iniciar sesión en cada una de las herramientas que usemos (servicios de Google
u otros), como ya mostramos en el post anterior.
En cualquier caso, personalización y privacidad son
dos conceptos que van de la mano, por lo menos en lo que a Google, respecta. Gracias
a nuestros datos personales, construye un perfil de comportamiento para darnos “lo
que queremos”. Esta forma personaliza de consumir información está ya tan extendida
que la pantalla que tenemos frente a nosotros se ha convertido en un reflejo de
lo que somos, de nuestra ideología, de nuestros gustos e intereses. Mirándolo
por el lado positivo, se gana nuestra fidelidad al satisfacer nuestras
necesidades, pero desgraciadamente trae también consigo una consecuencia peligrosa:
aislarnos en nuestra “burbuja de filtros” y limitar los conflictos cognitivos que
nacen de la confrontación de ideas diferentes y nuevas informaciones para desarrollar
nuestra creatividad y ampliar nuestro entendimiento del mundo.
Para mí, el
mayor problema reside en que el proceso de personalización es opaco y se retroalimenta. Los algoritmos no nos muestran lo que entra o lo
que se elimina de nuestra “burbuja de filtros” ni el porqué. ¡Lo hacen sin
consultarnos! Además, es difícil salir de ella, pues nuestra forma de pensar seguirá
determinando nuestros clics y no clics.
Estoy de
acuerdo con lo que él mismo dice, debería haber más transparencia por parte de
las páginas web, de los buscadores, de las redes social y la posibilidad de
un "control compartido" entre estas y el usuario para decidir
qué queremos ver y qué queremos obviar. También comparto las ideas de mis compañeros: debemos
ser siempre críticos con nuestras búsquedas, con la información que encontremos
y con las páginas que visitemos para que la red no sea la única que decida lo
que leemos y lo que pensemos.
¿Qué pensáis vosotros sobre la Burbuja filtros?
Fuentes
consultadas:
Pariser, Eli
(2017). El filtro burbuja: cómo la red decide lo que leemos y lo que
pensamos. Barcelona: Penguin Random House Group Editorial. Traducción de
Mercedes Vaquero.
